Viernes, 28 de octubre de 2005

He aquí el nacimiento de la ciencia-ficción, el nacimiento de la profecía contemporánea, el nacimiento de un nuevo género, que tantas obras maestras ha dado al cine. Con todos ustedes: Metropolis.
Director:
Fritz Lang.
Guión: Fritz Lang y Thea von Harbou (basado en la novela del segundo).
Intérpretes: Gustav Fröhlich, Brigitte Helm, Alfred Abel, Rudolf Klein-Rogge.
Música: Gottfried Huppertz (música indirecta).
Género: Ciencia-ficción. Alemania. 1927.
Puntuación:
Argumento
En el futuro, la humanidad se encuentra dividida entre los hijos de los amos, que habitan la superficie de la tierra, próspera y tecnológica; y los trabajadores, habitantes de un mundo subterráneo, condenados a realizar todo el trabajo en las máquinas. Pero un día, mediante una argucia llevada a cabo por el jefe del mundo, Fredersen (Alfred Abel), los trabajadores se rebelarán y pretenderán destruir las máquinas. Y el hijo de Fredersen (Gustav Fröhlich), enamorado de una joven de la ciudad de los trabajadores (Brigitte Helm), hará lo posible para salvar a estos y lograr el mutuo entendimiento.
La profecía y la tiranía
¿Por qué goza
Metropolis de una especie de aureola dentro del mundo cinematográfico? La respuesta es bien sencilla:
Metropolis es la pionera en el género de la ciencia-ficción, que no es más que el género de la profecía. El profeta o el adivino es, normalmente, un anunciador de catástrofes o de terribles consecuencias si no se corrige algo que se está haciendo mal. Así Calcas en la
Ilíada o Tiresias en las obras de Sófocles, Moisés en el
Éxodo o el famoso Nostradamus. De esta forma, Fritz Lang se convierte en el creador de la profecía contemporánea: el cine de ciencia-ficción.
Esta historia se ve ampliamente influida por la sociedad y la política de la época: una fuerte división entre los trabajadores (el proletariado) y los hijos de los amos. Esta comparación no es que sea inevitable, sino que es patente en la Alemania de los años 20. Pero, aparte de esto, lo que Fritz Lang viene a denunciar en su profecía es la tiranía de las máquinas y la brutal separación entre los pobres y los ricos, entre los productores y los consumidores, entre los sometidos y los poderosos. Interesante a este respecto la imagen de la Torre de Babel, simbolizada además con una nueva torre en la ciudad.
En cierta medida, se podría decir que Lang no se encontraba muy descaminado: en este mundo, nosotros los ricos, los que vivimos en el "primer mundo" o "mundo civilizado", somos una gran minoría; pero hay una gran cantidad de gente que sufre las penalidades de la pobreza ante la indiferencia o incluso la complacencia de esos otros, nosotros, que los llamamos "no-civilizados". O se nos vienen a la cabeza esos países en los que unos pocos ricos dirigen a un enorme pueblo de indigentes en chabolas. Parece, pues, que el director alemán no se equivocaba tanto.
Y esa tiranía es, en gran medida, causada por un alocado afán de "progreso" tecnológico, afán de llegar hasta el último planeta del universo, afán de que un robot pueda hacerlo todo por mí y yo no tenga que moverme de mi sillón, afán de comodidad, placer y un soporífero bienestar. ¡Qué palabra tan vacía! ¡Bienestar! Y mientras una parte del mundo duerme, otra sufre.

El embrión del género
Dicho esto y aclarado el asunto de la ciencia-ficción como profecía, no cabe duda de que
Metropolis es el embrión que dará lugar a grandes obras como
2001: Odisea en el espacio,
Un mundo feliz,
Gattaca o incluso
Matrix. En esas obras se ven también profecías funestas, tiranía tecnológica y la debacle del ser humano, vencido por sus propias creaciones y sus maldades.
Metropolis es, entonces, grande por ser la primera en su género. Y todo contado a través del lenguaje expresionista alemán: fuertes contrastes de blanco y negro con imágenes tétricas. Algo casi gótico.
Y un último detalle en el que me gustaría adentrarme es en los diálogos. Puede sonar algo absurdo hablar de diálogos en cine mudo, pero me refiero a los carteles. Sólo se dice lo necesario, ni una coma más. Así deberían regirse muchas películas en las que uno piensa: "menos hablar y más imagen". Y es que, a veces, se pueden decir muchas más cosas con un plano bien hecho que con un enorme monólogo. Y este cine viene a demostrarlo.
Por: Francis | Clásicas | Comentarios (3) | Referencias (0)