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"Las obras de arte viven en medio de una soledad infinita, y a nada son menos accesibles como a la crítica. Sólo el amor alcanza a comprenderlas y hacerlas suyas: sólo él puede ser justo para con ellas" (R.M. Rilke)

Viernes, 30 de diciembre de 2005

Murieron con las botas puestas

En el año 1941, año de gloria para el cine, otro western -pero no uno más-, va a enriquecer el panorama. Amor, épica, honor: los temas de siempre, tratados con una genialidad como pocas veces.


T.o.: They Died with their boots on.
Director: Raoul Walsh.
Guión: Wally Kline y Aeneas MacKenzie.
Intérpretes: Errol Flynn, Olivia de Havilland, Arthur Kennedy, Charlie Grapewin, Anthony Quinn.
Música: Max Steiner.
Género: Western. EE UU. 1941.
Puntuación:

Sinopsis
Murieron con las botas puestas es una versión con abundante ficción y poco rigor histórico –eso dicen. ¿Quién? “Eso dicen”- acerca de la vida del general George Armstrong Custer, desde su entrada en West Point, la academia militar estadounidense, hasta su muerte en la histórica batalla de Little Bighorn contra sioux y cheyennes, al frente del Séptimo de Caballería. La visión de Custer rodada por Walsh hace del personaje un tipo con carácter guerrero, indisciplinado, poco dispuesto para los estudios, pero audaz y valeroso, un líder aguerrido que dirige los regimientos desde primera línea, y que llega a general por una serie de casualidades.

Comentario
Es revitalizante descubrir que hubo una época en la que las pantallas de cine, en lugar de mediocridad al por mayor, repartían grandes películas a espuertas. Murieron con las botas puestas es de 1941. ¡1941, señores! Hagan memoria o acudan simplemente a Google. Aquel año la triunfadora en los Oscar fue Qué verde era mi valle, de un tal John Ford, que el año anterior había estrenado Las uvas de la ira y en el 39 La diligencia. Dándole a la máquina de hacer obras maestras… Ese 1941 en el que la “perdedora” fue Ciudadano Kane. Año en el que otra de las películas estrenadas fue Juan Nadie, de Capra.

Es revitalizante, digo, saber que hubo otro tiempo. Porque en la zafia posmodernidad que nos envuelve, en estos tiempos de pensamiento débil, palabras como honor, lealtad, entrega, morir por el ideal, amor perpetuo, disciplina, heroísmo… van quedando vacías gracias a la labor de zapa que sobre el concepto que hasta ahora las sostuvo hace la moral políticamente correcta.

Así, a uno le tacharán de reaccionario por adorar la historia que del general Custer hace Raoul Walsh (anécdota que he conocido por casualidad: este Walsh actuó, como el mismo John Ford, en El nacimiento de una nación de Griffith). Pero qué dulce es ser “reaccionario” identificándose con ese desmetrosexualizado Beckham del Oeste que es Errol Flynn en la piel del famoso militar americano. Es sublime ser “reaccionario” con esa ¿Libee? ¿Libi? ¿Liby? (Elisabeth), sra.Custer, con el rostro de porcelana de la Havilland, dispuesta a dejarlo todo por aquel a quien ama, a sacrificarse sabiendo lo que deja y por quién lo deja.

Desde el punto de vista técnico, la película es fantástica. La realización es brillante y el montaje dinámico. No conozco a fondo la situación del cine desde el punto de vista técnico en aquel momento, pero me da la impresión de que el espectador debía salir del cine con cara de velocidad. Si bien La diligencia ya rompió moldes con sus travelling, en esta cinta cada una de las galopadas está rodada espectacularmente, sin escatimar en medios técnicos ni en caballos. La escena de la batalla final es especialmente buena, por lograr subrayar la tensión del clímax con el montaje. Además, la escenografía de las escenas románticas está muy planificada.

La música es obra de Max Steiner. Qué decir: en su línea cualitativa. Compone una canción que es, además, parte de la historia, ya que se convertirá en el símbolo que aglutina a los indisciplinados soldados que acabarán siendo la admiración del ejército americano. Le dejaré un comentario más a fondo a mi hermanito, si le peta.

El guión es magistral, o sea, de maestro, para aprender. Ingredientes: una base de cine del Oeste, con un tanto de bélico y comedia romántica, ribetes de crítica política y un poquejo de humor no sé si muy fordiano o muy del gusto de la comedia de la época. Un mínimo análisis del ritmo narrativo lleva al asombro al comprobar cómo va modulando esos diferentes ingredientes, cómo va anudando la carrera militar de Custer con su amor por Elisabeth, cómo va llevando a ambos a lo largo de los diferentes paisajes y escenarios históricos por los que atraviesan o cómo lanza detalles que luego va recuperando y retomando.

Me apuntaba un amigo, y hago mía su sugerencia, que quizá se le pueda achacar a esta película la excesiva maldad de “los malos” (que no son indios, sino estadounidenses), rozando quizá la caricatura maniquea; detalle, sin embargo, que no empaña el resultado final. A propósito de malos y buenos, me apetece llamar la atención sobre el diálogo entre Custer y el soldado inglés desarrollado la noche antes de Little Bighorn. El general le empuja a abandonar el lugar antes de la batalla, porque “este es un problema de los americanos” y el otro le dice certeramente que “los únicos americanos que hay aquí están al otro lado de la colina”, en referencia a los pieles rojas.

Murieron con las botas puestas es una gran historia porque habla de grandes sentimientos y porque la narra con acierto. Son 134 minutos con un tempo tan medido y unos ingredientes tan bien repartidos que sorprende comprobar cómo una película de hace más de 60 años nos pueda llevar con mucha más maestría que tanto blockbuster actual, lleno de planos imposibles y steadycam.

Intuyo, y más que eso, que la gran crisis que a mi juicio sufre el cine actual no la es sólo del cine. Es una crisis de pensamiento. Es una crisis de héroes. Por eso aconsejo volver a los westerns clásicos, esa épica moderna; por eso sugiero revisitar de cuando en cuando -o descubrir- el cine de una época en la que los guionistas –o el público, chi lo sa- creían en escalas de valores, y que ser bueno es preferible a ser malo.

Creo.

Por: Hermano de Francis | Clásicas | Comentarios (1) | Referencias (0)

Comentarios

obra maestra como la copa de un pino, de un señor que sabía muy bien lo que era narrar en el cine.

feliz año.

Red Stovall | 31-12-2005 20:45:05

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