Miércoles, 08 de febrero de 2006

Inisfree es ya un lugar de leyenda, la Arcadia feliz a la que a todos nos gustaría volver. John Ford lleva a cabo una de sus mejores películas con una historia explosivamente optimista realizada con su habitual maestría. Cada plano es de cartel. Cada personaje es encantador. Cada visionado es una inyección de vida.
T.o.: The Quiet Man.
Director:
John Ford.
Guión: Frank S.Nugent y Maurice Walsh.
Intérpretes: John Wayne, Maureen O'Hara, Barry Fitzgerald, Ward Bond, Victor MacLaglen.
Música: Victor Young (música original) y otros.
Género: Romance. EE UU. 1952.
Valoración:
Sinopsis
Sean Thornton (John Wayne) es un yanqui que regresa a Irlanda, de la cual emigró con su madre cuando era un bebé. La llegada a Inisfree, su pueblo, viene marcada por la inmediata compra del antiguo hogar de sus padres y una consecuente enemistad con “Red Wild” Danaher. Esta confrontación se convertirá en un duro obstáculo cuando, para colmo, Sean se enamora de Mary Kate (Maureen O’Hara), la hermana de Danaher.
El hombre tranquilo narra las vicisitudes que tiene que vivir Sean Thornton para conquistar su tierra, a su amada y redimirse de un pasado que le ha hecho cruzar el Atlántico. A su alrededor, un coro de entrañables personajes fordianos, con su propia historia a cuestas, cantan y beben cerveza siempre que pueden, en una explosiva celebración de la vida.
Comentario
Desde que comenzase a leer la biografía sobre John Ford (
enlace a la reseña) firmada por Joseph McBride, me he devorado un buen número de películas del director irlandés-americano: creo que van siete en dos meses (incluyendo un re-re-revisionado de
La diligencia). Ayer le tocó el turno a
El hombre tranquilo. Lo malo: era un VHS con ese doblaje tan pestilente típico de la época. Lo bueno: todo lo demás.
Para definir películas como
El hombre tranquilo se suele utilizar el adjetivo "delicioso". Delicioso como una (o "un", que la cosa va por barrios) suave
mousse de chocolate. "Delicioso" es una manera de decir que algo es bueno con ternura y suavidad. Y, sí,
El hombre tranquilo es deliciosa, pero no como una pastita de té. Delicioso suena demasiado
light para este torrente de emociones y cine.
El hombre tranquilo es una especie de cuentecillo para adultos en versión obra maestra. Y cuando digo cuentecillo me refiero a todo lo positivo que la palabra implica. Cuentecillo porque me siento un niño viéndola, como si fuese yo y no Sean Thornton el que viaja a la semilla. Y como un niño me río, a carcajadas, con cada golpe cómico –también los políticamente incorrectos-, con cada palabra de Michaleen Oge Flynn (Barry Fitzgerald). Cuentecillo porque es una historia sencilla, edulcorada pero verosímil, llena de tradición, hermosa, con buenos sentimientos en personajes de carne y hueso, entrañable que no sentimentalona. Cuentecillo porque el paisaje irlandés está fotografiado con tal belleza que parece de fantasía. Cuentecillo porque habla de lo que al ser humano le importa, y lo hace con una mirada limpia e ingenua.
John Ford ganó su cuarto Oscar con esta película, cuyo proyecto había nacido quince años antes. Desde que volvió su interés hacia los temas irlandeses en
El delator (1935, su primer Oscar), tenía en mente rodar una adaptación del relato homónimo de Maurice Walsh, pero las circunstancias lo fueron posponiendo. Tuvieron que pasar tres lustros y más de veinte películas para poder llevar a cabo su deseo.
El hombre tranquilo es una explosión de vitalidad fordiana plagada de atractivos personajes. Inisfree es el Edén, el locus amoenus al que todos aspiramos, en el que incluso la maldad es amable. Por eso, creo, es difícil que uno no sienta una gran empatía con Sean. Todos necesitamos un Inisfree al que volver para lamernos las heridas.
Para realizar esta película, Ford se rodeó de la mayor parte de su Compañía Estable, de su club de amigos: John Wayne, Ward Bond, Maureen O’Hara... Además, en el equipo técnico estuvieron sus hijos Barbara y Pat, varios familiares más y su hermano Francis en el papel del barbudo Dan Tobin. Las localizaciones, en Galway, eran tierra natal de los padres del director, y allí hizo numerosas relaciones. Cuesta trabajo creer que, dados los resultados y las circunstancias, Ford sufriese momentos de depresión durante el rodaje. O, quizá, eso explica precisamente el exuberante optimismo vital que transmite la película. Al fin y al cabo, el cineasta estaba acostumbrado a reflejar en la pantalla situaciones y sentimientos que anhelaba por inalcanzados, supone uno que a modo de catarsis.
En ésta como en muchas otras de las suyas, se observa una característica del cine de Ford: cada plano se puede contemplar como algo único. Hagan la prueba. Detrás de uno viene otro, y otro, y luego otro... y cuando uno quiere darse cuenta, la película ha terminado.

En cuanto a la historia… más de dos horas que corren, ya sea por el encadenado de acción-reacción, como por el atractivo absolutamente seductor de todos los personajes y situaciones. El comienzo, con la llegada del tren y el descenso de Thornton con sus maletas, es el pistoletazo para una obra en la que está todo Ford: la familia, el amor, los amigos, las tradiciones, la cerveza en abundancia, las canciones, las peleas, las nobles disputas, el humor, la religiosidad, los caballos… Pero esta vez la nostalgia del hijo de emigrantes irlandeses se desarrolla en la tierra de añoranza.
Si en
La diligencia el cineasta era muy crítico con los tradicionalistas de la Liga de la Ley y el Orden, en esta ocasión se pone claramente del lado de las tradiciones –nada fundamentalistas-. No hay contradicción, aunque Ford fuera de hecho paradójico. En ambos casos hay un canto a la libertad, y una humanísima cercanía espiritual con los rechazados.
Eso sí, en Irlanda fue acusada de pintar los estereotipos más rancios del paisaje humano irlandés. No se daban cuenta de que eso es precisamente lo que la hace grande, y precisamente esa instantánea sentimental cooperó a que el lugar recibiese una avalancha de turistas en los años siguientes, y así hasta hoy.
Lo cierto es que a uno ya le da igual si es una obra maestra o no. Ayer la vi y me encantaría verla ahora mismo de nuevo. Eso es lo que importa. Los que necesiten confirmación y etiquetados: efectivamente,
El hombre tranquilo es de las grandes, muy grandes. Es “homérica”.
Por: Hermano de Francis | Clásicas | Comentarios (2) | Referencias (0)