Jueves, 02 de marzo de 2006

Una película de calidad sobresaliente que sorprende, asusta y conmueve. Y por si fuera poco, con Philip Seymour Hoffman como protagonista
T.o.: Capote
Director:
Bennett Miller.
Guión: Dan Futterman (basado en el libro de Gerald Clarke).
Intérpretes: Philip Seymour Hoffman, Catherine Keener, Clifton Collins Jr, Chris Cooper.
Música: Mychael Danna.
Género: Biopic. EE UU. 2005.
Ganadora de
1 Premio Cine 100%: Actor (Philip Seymour Hoffman).
Finalista a 3 Premios Cine 100%: Premio Especial del Público, Guión adaptado, Fotografía.
Se cuenta que el Papa Inocencio X, al contemplar el retrato que le había encargado a Velázquez y constatar cómo el pintor había sabido plasmar sobre el lienzo no sólo su físico, sino, también y sobre todo, su yo más íntimo, le espetó, con cierta dosis de airada perplejidad:
è troppo vero —“es demasiado verdadero”—. Aquella pintura, cumbre del género más tarde conocido como “retrato psicológico”, debió de sorprender al Pontífice tanto como hoy a mí la película objeto de esta reseña,
Truman Capote (Capote), e intuyo que por el mismo o similar motivo.
Con el visionado de este film culmina —en su sentido más etimológico— mi tradicional costumbre de no perderme ninguna de las cinco producciones candidatas cada año a la estatuilla dorada en la categoría de mejor película. En efecto, este año competirá con
Munich,
Buenas noches y buena suerte,
Crash y
Brokeback Mountain. La película que ahora nos ocupa, por lo pronto, viene avalada por una gran cantidad de premios y candidaturas, incluidos el Globo de Oro y el Bafta a Philip Seymour Hoffman, de cuya interpretación me ocuparé más adelante. No es ésta sede de hacer quinielas, máxime cuando la ceremonia de la entrega de los Oscars es tan inminente, pero no puedo ocultar una cierta predilección por esta nueva propuesta del director Bennett Miller, responsable del documental
The Cruise (1998), aclamado e inadvertido a partes iguales.
La trama de
Truman Capote (Capote) transcurre entre 1959 y 1965, y narra un fragmento de la vida del escritor cuyo nombre da título a la película, a raíz del asesinato múltiple de una adinerada familia granjera en Kansas, acontecimiento que desembocaría en la publicación en 1966 de
A sangre fría, quizá la novela que lo consagró como uno de los escritores estadounidenses más destacados del pasado siglo. La película plasma con grandísimo acierto la evolución psicológica del protagonista durante este período de su vida, y es aquí donde debo hacer especial mención de la encomiable labor interpretativa de Philip Seymour Hoffman, uno de los grandes y eternos secundarios de Hollywood, que ya nos había mostrado su enorme capacidad dramática en el papel de enfermero redentor y redimido de
Magnolia (1999). Aquí se sumerge en la compleja personalidad de Truman Capote, y lo hace de tal modo que ni el excesivo amaneramiento ni el atiplado tono de voz de su personaje nos resultan inverosímiles o ridículos.

Pudiera parecer, dicho lo dicho, que la labor de introspección psicológica de los personajes reflejados en esta película, iría en detrimento de la intensidad dramática o de la calidad de la trama y, sin embargo, no sólo no es así, sino que, antes bien, trama y personaje se entremezclan con tal maestría que al finalizar la proyección uno comprende por qué el título de la película es
Truman Capote (Capote); el protagonista se confunde armónicamente con la trama, como sucede en los buenos
biopics, que no requieren de complejos y artificiosos decorados que les sirvan de pretexto para encubrir, maquillar o edulcorar las biografías de aquellos cuyas vidas retratan —recuerden, a modo de contraejemplo,
Descubriendo Nunca Jamás (2004)—.
A todo lo expuesto debemos sumar las correctísimas interpretaciones de la mayoría de personajes secundarios, con especial mención de Catherine Keener en el papel de la escritora Nell Harper Lee, con la que comparte las que quizá sean las secuencias más emotivas de la película. La cuidada ambientación, fruto de un esmerado trabajo de fotografía, se refleja sobre todo en el tratamiento de los interiores, desde las muestras de la leve y cáustica frivolidad de los salones de la jet set norteamericana hasta la solitaria y opresiva frialdad de la celda de la prisión federal —sensaciones éstas amplificadas por el reiterado recurso al primerísimo primer plano—. Se cierra el círculo con la música de Mychael Danna, cuyas partituras minimalistas se adecuan como un guante al desarrollo de la historia, recordándonos, en alguna ocasión, las melodías que Philip Glass compuso para
Las horas (2002). Cabe, no obstante, achacarle cierta obvia explicitud en determinadas secuencias, pero no ya tanto por su carga de violencia o sordidez, sino por romper con la dinámica de sutileza y trato delicado que Miller impregna en casi cada uno de los planos de la película.
En definitiva, una película de una sobresaliente calidad gracias a tantos y tantos factores que han contribuido, entre otras cosas, a hilvanar una trama que, si tuviera que adjetivar, calificaría de tremendamente verosímil, poseedora de esa misma terrible credibilidad que provocó el
troppo vero del Papa Inocencio X en el siglo XVII y que, como dije al principio, ha causado en mí semejante intuida sensación de atónito asombro.
Por: Wonka | Actuales | Comentarios (4) | Referencias (0)