Jueves, 09 de marzo de 2006

Universal deseaba hacer una película contando con el concurso del entonces popular Charlton Heston. También actuaría Orson Welles. Heston acabó imponiendo que fuese dirigida por éste. El resultado: una cumbre del noir firmada por el polémico, excéntrico y en ocasiones minoritario Welles.
T.o.: Touch of evil
Director:
Orson Welles.
Guión: Orson Welles, basado en la novela
Badge of Evil de Whit Masterson.
Intépretes: Orson Welles, Charlton Heston, Janet Leigh, Josep Calleia, Akim Tamiroff, Marlene Dietrich.
Música: Henry Mancini.
Género: Cine negro. EE UU. Universal Pictures. 1958.
Sinopsis
El asesinato de un millonario hombre de negocios en la frontera entre México y Estados Unidos obliga a un agente de narcóticos recién casado (Charlton Heston) a investigar mano a mano con el ambiguo Hank Quinlan (Orson Welles) quién se esconde detrás del brutal crimen. La investigación servirá para dejar al descubierto un entramado de corrupciones mafiosas, chantajes y abusos de poder.
Comentario
Cuando uno se acerca a una película con prejuicios positivos, ya sea por su temática, por algún componente de su equipo artístico o técnico, o porque esté considerada como una de las grandes películas de la historia –o por todas ellas, como en esta ocasión ha venido a sucederme-, y se encuentra una secuencia inicial como la que da comienzo a
Sed de mal, entonces se produce una momentánea satisfacción intelectual que le hace intuir que los próximos minutos no van a ser inútiles.
Esa escena inicial, un travelling sensacional con grúa, dolly, y lo que haga falta, no sólo es una sintética tarjeta de presentación en la que se nos presentan los protagonistas, el tono, el detonante o el lugar en el que se desenvolverá la escena, sino que además supone una cumbre de creación de intriga que nos hace suponer al mejor Hitchcock (ese mismo año, 1958, se estrenó
Vértigo) detrás de la cámara. Para colmo, la música guatequera de Henry Mancini que me retrotrae (o
postrae, que es del 61) a mi adorada
Tiffany’s.
Y, como digo, no es más que el comienzo.
En su momento, el montaje fue maltratado por los estudios. Y Welles –tal y como se explica en la versión DVD que yo he visto- escribió un dossier de 58 páginas en el que justificaba el montaje que él creía necesario. De acuerdo a este dossier se ha montado una nueva versión a partir de los años 90. De ésta voy a hablar. De la que sitúa a
Sed de mal entre los primeros puestos del género. Eso se dice.
(Si hay algo que me resulta fascinante del
noir es la capacidad de sus grandes autores para convertir productos presuntamente B en obras de arte que no sólo demuestran un gran dominio de la técnica visual-narrativa sino también un muestrario de la grandeza o miseria –más bien ambas a la vez- capaces de albergar el corazón humano).

En
Sed de mal, Orson Welles reescribe la novela
Badge of Evil de Whit Masterson para construir una historia poblada por -¡es Welles!- personajes contradictorios, con los oscuros siempre más acentuados que los claros. En esto, el director se encuentra a gusto con el género. Quizá por ello su estilo visual se muestre tan cómodo con una trama en la que la ruindad de los personajes es descarnada, nunca juzgada con maniqueísmo, a pesar de que los “malos” lo sean realmente (y también los “buenos”).
Sed de mal es visualmente Welles, el de siempre, pero estilizado. Juegos de sombras ininterrumpidos, picados y contrapicados, pocos primeros planos, profundidad de campo, maestría compositiva, atrevidos y barrocos movimientos de cámara… Temáticamente se puede decir lo mismo. Hank Quinlan es Kane, es George Minafer, es el Harry Lime de Reed/Faulkner –pero también el suyo-, es Mr.Arkadin… Un personaje de tragedia shakesperiana. Y de esto podrían hablarnos mejor expertos en el dramaturgo inglés, tan representado por Welles, tanto en teatro como en cine.
Y
Sed de mal es también auditivamente Welles, el Welles genio de la radio.

Hank Quinlan es el arquetipo del policía corrupto. Aunque los medios empleados sirvan a una causa justa. O precisamente por eso. En su contradicción logra que le admiremos primero, sintamos desprecio por su ruindad luego, y finalmente sintamos pena por él, o quizá por nosotros, que hemos sido tan despiadados al juzgar a esa especie de Robin Hood que aparentemente no tiene redención posible. Porque al final está solo, aunque “era un hombre excepcional. ¿Qué importa lo que diga la gente?”
Además de su fuerza visual, el ritmo de la película y la maestría para manejar los elementos del suspense nos mantienen en vilo. Y el corolario de personajes que rodea a Welles/Quinlan: el honesto y profesional Vargas -de esos tan “kantianos” con su trabajo que son capaces de descuidar a mujeres como-; la encantadora y firme Susan/Leigh-psicosis, nada apocada y dueña de algunas frases memorables propias del género, como la discusión con Grandi en la que le acusa de ver “demasiadas películas de gángsters”; el mismo Grandi -¿no recuerda a Buonasera? ¿Al John Polito de
Muerte entre las flores?-; la mujer-adivina-¿madame? Interpretada por los lánguidos ojos de la Dietrich; el remedo de Elvis a lo chicano y su pandilla de medio pelo…
Esta película es, eso, un “toque de maldad”, como toda buena muestra del género, en la difusa frontera (tomo prestada esta fantástica y sugerente idea de José Luis Hurtado en
Miradas de cine) entre Estados Unidos y México, o entre el bien y el mal.
Crítica de Multisanti a Sed de mal
Por: Hermano de Francis | Clásicas | Comentarios (1) | Referencias (0)