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"Las obras de arte viven en medio de una soledad infinita, y a nada son menos accesibles como a la crítica. Sólo el amor alcanza a comprenderlas y hacerlas suyas: sólo él puede ser justo para con ellas" (R.M. Rilke)

Martes, 04 de abril de 2006

El apartamento

Billy Wilder es para algunos un dios. Tampoco exageraremos, que de pedestales rotos está el mundo lleno. Billy Wilder es un inmenso artista, pero es también un currante del cine, o precisamente por eso sea inmenso. Como guionista y como director. Y se nota. Porque obras tan fluidamente engranadas, con semejante profundidad y de la capacidad para entretener que tiene ésta no surgen del solo talento.


T.o.: The apartment
Director: Billy Wilder.
Guión: Billy Wilder y I.A.L. Diamond.
Intérpretes: Shirley MacLaine, Jack Lemmon, Fred MacMurray, David Lewis, Ray Walston, Edie Adams.
Música: Adolph Deutsch.
Género: Comedia. EE UU. 1960
Ganadora de 5 Oscar: película, director, guión original, dirección artística y montaje.
Valoración:

Sinopsis

C.C. Baxter (Jack Lemmon), Buddy-boy para los colegas de trabajo (que no amigos), es un oficinista gris, un punto en el inmenso mundo, en el inmenso Nueva York, en la inmensa compañía de seguros para la que trabajan, como él, otras 39.457 hormiguitas (si no es ese el número exacto, poco importa). Buddy, del que ni siquiera sabemos el nombre, vive en un típico y coqueto apartamento de soltero en una de esas típicas calles neoyorquinas, apartamento que sirve de picadero para algunos de sus jefes, a cambio de recomendaciones e informes que le preparen un futuro profesional lleno de posición y dinero.


Fran Kubelik (Shirley Maclaine) es una chica joven, hermosa e ingenua -no idiota- que trabaja como ascensorista en la misma compañía. Como en su trabajo cotidiano, las puertas se han ido abriendo y cerrando ante ella con sucesivos fracasos en la vida profesional y en la afectiva.

En cualquier comedia romántica al uso dirigida por cualquier profesional del sector, Baxter y Kubelik estarían destinados a encontrarse después de sortear numerosos obstáculos, terminando abrazados en un beso con canción pop de fondo: música convenientemente modulada, letra fácil y voz aterciopelada.

Pero ni esto es una comedia romántica ni Wilder es cualquier profesional del sector. Como El apartamento, es difícilmente catalogable.

Comentario

“Es cuestión de gustos. Se quiere o no se quiere”. Con esas palabras en la traducción al español de la respuesta que Baxter da a Fran cuando le pregunta por qué no se enamoraría de gente como él, se resume conceptualmente el estilo del puñetazo que Billy Wilder propina al espectador en su tragicomediamaestra El apartamento.

Unos años antes, en El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950), Wilder había representado el cambio generacional entre el Hollywood de los comienzos y el que ya entonces había desplazado el viejo mundo. A la visión antropológica de Wilder le sentaba bien esa historia, ya que en él encontramos cierta amargura que, por supuesto sin llegar al pesimismo posmoderno, lo preludia.

En El apartamento, la diana de esa visión ácida es la clase media-alta neoyorquina. Crítica mordaz y aparentemente desalentadora que uno intuye justificada por más que caricaturice las carencias de los especímenes. Sin embargo, los protagonistas, en busca de su propia autoestima, marcan el camino a seguir ante tanta miseria moral y social. Y vencen. Al menos por ahora, por entonces.

El apartamento de Baxter (uno, por respeto, le llamará por el apellido, y no por el “peyorativo cariñoso”… ¿sabían que se llamaba Calvin Clifford?), el apartamento de Baxter es, digo, la caja B amorosa de una clase media-alta que sale despedazada de esta película. Un grupo de personas que ha optado por la hipocresía y la satisfacción personal como medio de vida. Un grupo de personas, una sociedad, que mayoritariamente ve (¿vemos?) en sus conciudadanos un número, una gota de lluvia, un medio para medrar, para satisfacer los más básicos apetitos.

Lo que hace de Wilder un director excelente es, entre otras cosas, el equilibrio que demuestra entre el lenguaje narrativo visual y el auditivo -los diálogos-. La cámara de Wilder cuenta con imágenes: mediante un espejo roto, un pastel, una breve sesión de zapping nocturno, un billete de cien dólares, un sombrero de bombín, una baraja de cartas o un círculo de palillos clavados en su aceituna. Y, al tiempo, cada diálogo es riquísimo de matices, de información, de agudeza y referencias cruzadas. No hay humor facilón ni chistes obvios. No hay piezas sueltas en esta historia.

Las actuaciones son sensacionales. Jack Lemmon es el perfecto hombre neutro, bueno, no se sabe si de bondad o de pusilanimidad, o de ambas cosas, que raramente las cosas son blancas o negras. Uno puede sentir pena por él (no mucha, tampoco vayamos a creer), pero termina siendo cariño, incluso admiración. Al final, se eleva moralmente por encima de quienes le rodean y Wilder y Diamond nos dejan soñar con un futuro mejor, redimido y redentor.

Shirley Maclaine, con su vocecita de niña y su cara de muñeca, recrea a una adorable Fran Kubelik, que entra dentro de la categoría de “víctimas” del sistema -¿o no?-, del que rige en su entorno, no del sistema a secas -como si cualquier sistema humano fuese inhumano-. Tras su papel debutante (también adorable) en The trouble with Harry, extraña (por) comedia de Hitchcock, Maclaine se doctora con el papel de ascensorista y amante engañada del jefe.

“Es cuestión de gustos. Se quiere o no se quiere”. No me venga usted con historias, con sentimentalismos, parece decirnos Baxter. La pareja Wilder-Diamond no se escuda en una condición humana irremediablemente dañada, ni en la presión ambiental, ni en un hado fatal, por muy pocas cualidades o bienes que puedan tenerse. Por eso la crítica mordaz se puede transformar en una inyección de esperanza.

Calla y reparte.

Por: Hermano de Francis | Clásicas | Comentarios (5) | Referencias (0)

Comentarios

Una jodida obra maestra. Con el magnifico, faltan calificativos para definir a ese mostruo, Jack Lemmon. Y Encima con el genio de Wilder detras. Una de las peliculas más redondas de la historia del cine.

VSancha | 04-04-2006 21:04:53

Estoy encantado con que se reseñe una obra tan brillante como "The apartment", y comparto igualmente el comentario de VSancha. "El Apartamento" siempre ha sido para mí uno de esos clásicos que, como "It's a wonderful life", le dan sentido a muchas cosas. Un amigo mío dice que esta película "te da más ganas de vivir".

Sin perjuicio de ello -y de mi consideración de que Wilder es uno de los grandes, cuyas obras maestras no puedo contarlas con los dedos de una mano-, sí me gustaría apuntar que a mí me da que Wilder es un magnífico director pero un mucho mejor guionista (hace muy bien Hermano de Francis en mencionar su tándem con I. A. L. Diamond). Creo que su escenificación es flagrante heredera de su maestro (y el de todos) Ernst Lubisch, y que otros realizadores de comedia contemporáneos a Wilder -principalmente pienso en Blake Edwards o Frank Tashlin- no consiguieron la misma fama que el realizador austro-húngaro cuando sus méritos en lo que concierne a la puesta en escena no tenían nada que envidiarle.
No sé qué os parece a vosotros.

ARCADIO | 05-04-2006 11:59:47

ARCADIO, estoy empezando a pensar que tú eres mi personalidad desdoblada (una personalidad que ha visto muchíííísimo más cine que yo, todo sea dicho). Descubrí El Apartamento hace unos meses y, efectivamente, verla me pone tan de buen rollo como hacerlo con It's a wonderful life (una de mis favoritas) o The quiet man (yo diría que mi favorita).

Precisamente, lo que dices de Lubitsch me llevó a ver el otro día Ser o no ser (To be or not to be, 1942). Impresionante. Qué pedazo de comedia. Y, también ahí, el suave engranaje de un guión excelentemente construido... ¡Hail, Hitler! Qué película, madre. Espero colgar crítica a la vuelta de Semana Santa. Y espero también poder acercarme a Ninotchka, con guión de Lubitsch y Wilder.

Efectivamente Blake Edwards, al menos en Tiffany's (otra de mis Arcadias, y no va con segundas ;), desarrolla una puesta de escena brillantísima, pero el guión de Wilder-Diamond está plagadísimo de brillantez y es lo que da un plus insuperable a la película.

A Tashlin no tengo el placer de conocerlo. He llegado a la comedia casi sin quererlo, y todavía tengo mucho que descubrir.

Hermano de Francis | 06-04-2006 11:53:23

La verdad es que a Tashlin se le trata muy mal en estos lares. Lo poco que le he visto ha sido de carambola alguna madrugada en un canal autonómico, o tirando de Filmoteca. Quiero decir que es lógico que mucha gente que ama el cine no le conozca.

De Edwards, además de Tiffany's, la puesta en escena de "El Guateque" me parece prodigiosa.

Lubistsch se lo recomiendo encarecidamente a cualquiera (anoto que Billy Wilder fue guionista de Ninotchka, como apuntas, y de La Octava mujer de Barba Azul).

The Quiet Man... Eso son palabras mayores. John Ford es, seguramente, el más grande.

ARCADIO | 06-04-2006 12:51:49

Pues si no has leído la reseña que hice sobre The Quiet Man y quieres hacerlo, toda tuya: http://cine100.bitacoras.com/archivos/2006/02/08/e...

Efectivamente, la puesta en escena de El Guateque fenomenal, pero Sellers me resulta cargante en su histrionismo. Eso sí, tengo que acabar de verla.

Nos apuntamos a Tashlin.

Hermano de Francis | 06-04-2006 13:30:59

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