"Las obras de arte viven en medio de una soledad infinita, y a nada son menos accesibles como a la crítica. Sólo el amor alcanza a comprenderlas y hacerlas suyas: sólo él puede ser justo para con ellas" (R.M. Rilke)
Tras ver El acorazado Potemkin y un curioso tráiler de El Resplandor, me doy cuenta de la fuerza que tienen las imágenes y de lo fácil que es hacer lo blanco negro con ellas si se manejan con destreza.
Y si no se lo creen, vean el tráiler de El Resplandor que ahora les presento. No se extrañen si no coincide con la idea que tienen concebida acerca de la película de Kubrick. Se trata de un montaje de algún simpático cinéfilo que nos ha querido demostrar –aparentemente- qué sería de la aterradora película si fuese dirigida por Steven Spielberg, a modo de comedia familiar.
Sin embargo, tras el aparente juego se esconde una realidad patente: gracias a un montaje elaborado se puede hacer que las imágenes nos hagan creer que el cielo es verde, por qué no, que Lenin fue un santo. Y esta realidad que parecía ser inocente se transforma en un arma poderosa.
Ya a principios de siglo, cuando el cine se comenzaba a consolidar con los esfuerzos de Griffith, Murnau o Lang, se dieron cuenta de esto. Entonces, la poderosa recién erigida URSS decidió que había que aprovechar ese incipiente medio de comunicación… y llamó a Sergei Eisenstein. El ruso dirigió La Huelga y, poco después, en el mismo 1925 –por encargo del gobierno soviético- creó el mito que lo elevaría a cumbres insospechadas: El acorazado Potemkin.
Una supuesta historia de libertad, nuevas eras y heroísmo. Podría serlo, si no fuese tan mentirosa y maniquea como es. Con una calidad sobresaliente en el montaje, donde se encuentra la clave del mito, y un expresionismo exacerbado, de una calidad notable. Todo esto es cierto. Pero no es menos cierto que ya encontramos casi 10 años antes montajes en paralelo en Griffith o un expresionismo de tal –y mayor- calidad en los alemanes (véase El gabienete del doctor Caligari, de Wiene).
Total, no puedo menos que decir que el montaje milimetrado tiene destellos geniales, la escena de la escalera de Odessa demuestra una genialidad sorprendente (a pesar de los ingentes errores de raccord) y el final es apoteósico. Pero tampoco puedo dejar de decir que el uso que se le dio entonces a un arte como el cine fue la mentira, el pasquín propagandístico a favor de criminales de Estado, el maniqueísmo y la falsedad.
No quiero ni pensar de qué manera se rasgarían algunos las vestiduras si viesen alguna película de Leni Riefenstahl, cineasta propagandista del funesto régimen nazi.
Qué sutil y perspicaz el que hizo el tergiversado tráiler de El Resplandor… o qué paranoico soy, que también puede ser.