Jueves, 25 de mayo de 2006

Hace mucho, pero no tanto tiempo, en esa galaxia lejana llamada Hollywood, sucedió algo inédito en la historia de la industria del cine: una generación de directores aprovecharon el desgaste de las viejas fórmulas de las majors. De la que quiero hablar es Apocalypse Now.
CRÍTICA DE UN NUEVO COLABORADOR:
MultisantiDirector:
Francis Ford Coppola.
Guionistas: John Milius, Francis Ford Coppola, Michael Herr (basado en la novela de Joseph Conrad,
El corazón de las tinieblas).
Intérpretes: Marlon Brando, Martin Sheen, Robert Duvall.
Música: Carmine Coppola, Wagner, The Doors y otros.
Género: Bélica. EE UU. 1979.
Apocalypse Now: el horror
Hace mucho, pero no tanto tiempo, en esa galaxia lejana llamada Hollywood, sucedió algo inédito en la historia de la industria del cine: una generación de directores aprovecharon el desgaste de las viejas fórmulas de las
majors y, aprovechando esa y otras coyunturas políticas y económicas, consiguieron hacerse fuertes en el seno de esa misma industria al extremo de desafiarla desde dentro o desde fuera y decidir las políticas de producción para alcanzar una libertad de movimientos no reñida con los grandes presupuestos. Es la generación de los
“easy riders and raging bulls” (los moteros tranquilos y los toros salvajes), según acuñación del historiógrafo Peter Biskind; la generación de esos nombres que cualquier aficionado al cine conoce a la perfección: entre otros, Francis Coppola, Steven Spielberg, Martin Scorsese, Michael Cimino, Hal Ashby, Brian De Palma, Terrence Malick o George Lucas (quien, por cierto, creó la factoría independiente más fructífera de la historia: ¿les suena Lucasfilm LTD?).

Como sucede con los mejores sueños, aquellos años dorados del nuevo Hollywood se terminaron, pero los nombres permanecen en la retina histórica por su incontestable influencia y por los inmarcesibles méritos de sus obras. Y de la que quiero hablar en esta ocasión es, curiosamente, uno de los títulos que, por mor de los excesos de su producción, empezó a agotar la fórmula mágica. Se trata de un título cabal en la filmografía del que considero uno de los grandes creadores de la historia del cine:
Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola (para no iniciados, el añadido “Ford” es un homenaje al director de
Centauros del Desierto).
Hay algo de legendario en la propia referencia a
Apocalypse Now. Es una de las películas bélicas más populares que existen, y uno de los títulos punteros de la visión revisionista-catártica que el cine americano dedicó el conflicto del sudeste asiático, y que ha dejado obras tan sobresalientes como
El Cazador o
La chaqueta metálica.
Lo de legendario tiene mucho que ver con los esfuerzos incalculables de su artífice, Coppola, para llevar la obra a buen puerto. Una producción que duró años, y que lo tuvo luchando, literalmente, contra los vientos y mareas de Filipinas, afrontando un infarto del protagonista, llegando a empeñar hasta sus posesiones personales por el excedente de producción, de unos 16 millones de dólares. Coppola hizo la película. Por narices. El resultado es un fresco ineludible sobre la guerra de Vietnam, en una historia traspolada del clásico de Joseph Conrad
El corazón de las tinieblas, una novela tan inspirada como terrible, que convierte la remontada de un río en un viaje precisamente a eso, al miedo, al
nonsense, al horror. La esencia de la novela de Conrad escarbaba en cómo los colonizadores llegados a una sociedad percibida como primitiva, sucumbían a la tentación del poder para erigirse en reyes y, finalmente, en dioses. A lo largo de este proceso, la fina cáscara de la civilización se disuelve para dejar emerger la mentalidad del
salvaje. El director de
El Padrino arranca esa misma esencia y la actualiza de forma magistral, transportándonos con Willard a la misma médula de la jungla, en un itinerario sin retorno en el espíritu, y con destino al comandante Kurtz, al mismo infierno, que es la imposibilidad de la razón (detalle recogido años más tarde en un monólogo del hijo Sheen, Charlie, en otra obra cumbre sobre el conflicto asiático,
Platoon).
El inicio del filme ya marca la coda de su desarrollo: un plano fijo a la jungla, y un sonido de helicópteros que quiebran su silencio, y que se combinan con los primeros compases del
The End de los Doors. Cuando Morrison empieza a cantar (“
This is the end, beautiful friend”) el artificio de una carga de napalm cubre de llamas y humo el escenario natural. El horror.

Coppola rehusa las convenciones, y el desarrollo argumental es un riesgo constante, tanto visual como narrativo. En
Apocalypse Now, uno puede quedarse fascinado por la paradójica belleza de las escenas bélicas (ahí es nada el antológico ataque de los helicópteros al son de las valkirias de Wagner), pero, merced de la magnífica dosificación de información y de los recursos de anticipación, también participa del progresivo descubrimiento del sentido del viaje de Willard, y con ello, de la absoluta falta de pericia de los adolescentes llamados a filas –a quienes se pretende consolar ante un espectáculo de conejitas
Playboy-, de la incomunicación y el vacío emocional intrínseco a la campaña militar –los únicos supervivientes son los desquiciados, como el teniente fanático del surf que tan convincentemente encarna Robert Duvall-, de la imposibilidad de esgrimir discursos humanitarios en apoyo del conflicto –la escena de la embarcación vietnamita “abordada”-, y de, en definitiva, la absoluta falta de capacidad de juzgar o culparse como única vía para la pervivencia del soldado (ahí se entronca el discurso de Kurtz, lo que justifica lo que de macabro tiene el paisaje de su campamento en el origen del río).
Este conglomerado de argumentos se ven enriquecidos en la edición especial –que se estrenó hace unos dos años en pantalla grande, con el título
Apocalypse Now Redux-, no sólo en el alargamiento de escenas ya conocidas, sino también en tres nuevas. Una de ellas, muy triste, relacionada con las
playmates, esconde un alegato ensordecedor sobre la posición de la mujer en un conflicto de hombres. La segunda, la más longeva, inserta un punto de vista inédito, el de colonizadores franceses que defienden su predio en los confines de Camboya: la secuencia alterna el discurso filosófico –como ante sus mandos, como ante Kurtz, Willard sólo escucha y asiente- con un momento de sensualidad, rodado con suma belleza, y que servirá de contrapunto antagónico con lo que llegará después, el levantamiento del velo y el descubrimiento de lo anunciado, Kurtz o el horror. La última secuencia añadida la protagoniza el propio Kurtz, y se entronca perfectamente en el tono aturdido que impregna el desenlace de la película, con imágenes tan chocantes como la confusión del rostro y los ojos de Brando con el de muchos niños que espían a un maltrecho Willard encerrado en una mazmorra.
En esta obra maestra inmarchitable que es
Apocalypse Now vemos y oímos, casi podemos oler y palpar, la guerra. Helicópteros, sangre, fuego, humo, pueblos destrozados, miles de compañeros anónimos sin rumbo, estruendos inaguantables, campos verdes y esperanzas marchitadas, muertes violentas. Instrumentos y consecuencias de un poder superior, el de los Señores de la Guerra de los que hablaba Dylan, nuevos colonizadores en un caos de ruinas, próceres de esta
way of no return que Coppola ilustra mediante el elevado (y endiablado) andamiaje lírico que salpica cada segundo del metraje y con una insuperable pericia técnica.
Por: Multisanti | De hace unos años | Comentarios (11) | Referencias (0)