Jueves, 15 de junio de 2006

Road to Perdition fue la segunda película de Sam Mendes. Tras su celebrada y oscarizada opera prima American Beauty, el realizador forjado en televisión y en los escenarios de Broadway sorprendió a propios y extraños con un ejercicio de estilo brillante, de enorme fuerza y capacidad de sugestión.
T.o.: Road to Perdition.
Director:
Sam Mendes.
Guión: David Self (basado en la obra de Max Allan Collins y Richard Piers Rayner).
Intérpretes: Tom Hanks, Paul Newman, Tyler Hoechlin, Jennifer Jason Leigh, Jude Law, Daniel Craig, Liam Aiken.
Música: Thomas Newman.
Fotografía: Conrad L. Hall.
Género: Drama. EE UU. 2002.
Si en su
American Beauty Sam Mendes nos sirvió una original y cínica parábola sobre el desvanecimiento del
american way of life y específicamente de la (proto)típica estructura familiar americana, con esta
Road to perdition cambió radicalmente de tono y se adentró en el (tan y tan estimulante para el cine) mundo de la mafia, concretamente sobre el hampa irlandesa en el marco de la América de los años 30. Aunque el filme traslada a la pantalla con bastante fidelidad argumental un elogiado (quizá algo sobrevalorado) cómic homónimo de Max Allan Collins y Richard Piers Rayner, Mendes le confiere a su película un hálito dramático (y unos aderezos formales) que trascienden con mucho de aquel sustrato.

Si atendemos el contenido de esta espléndida
Road to Perdition constatamos que, más allá de las apariencias, sí reincide respecto de su película anterior en el
leit-motiv de la función, que vuelve a ser la familia, aquí muy especialmente la relación de un padre con su hijo. Una historia de un hombre, otrora protegido de un capo destacado, y que por causas que aquí no relataré se ve enfrentado a todo el sistema que lo convirtió en lo que es, y a proyectar y ejecutar una
vendetta en toda regla tras la que subyace la lucha de ese hombre, que es padre, por salvarle la vida a su hijo, salvársela en todos los sentidos imaginables (ya desde el título hasta las frases más memorables del filme, inclusive su prólogo y epílogo, nos hablan de culpa y redención, y parecen resonar ecos shakesperianos cuando no directamente entroncados en la tradición judeocristiana).
La distancia entre
Road to Perdition y una obra maestra reside, al parecer de este cronista, en cierta inconsistencia de planteamiento, referida al advenimiento del suceso que da lugar al enfrentamiento (especialmente, la construcción del personaje de Connor, algo tramposa), y por otra parte en un cierto desliz de tono en las secuencias intimistas entre Sullivan y su hijo Michael, de una comicidad fácil que no puede casar con el carácter dramático que impregna la historia.

Salvados estos escollos, la película es un ejemplo de sabiduría narrativa. Ya en el plano del guión, que cuida al extremo los detalles, que se prodiga en diálogos emocionantes, y que tiene en su concisión narrativa su mayor virtud. También, y sobretodo, en la apabullante puesta en escena de Mendes, atento a la planificación, al montaje, a la elipsis, y a la construcción de secuencias culminantes con un arrebato poético que agarra al espectador por las entrañas (hablo del "descubrimiento" de Michael, de la salida de los Sullivan supervivientes tras la muerte de la esposa y el pequeño Pete, del asesinato calculado del antiguo jefe en las puertas del local "O'Neill", y de la escena final en la playa). Un portentoso talento que, ya en el estreno del filme, reveló al minucioso Mendes como un director llamado a estar entre los grandes (sin que su posterior película
Jarhead me parezca especialmente memorable, debo admitir que contiene, una vez más, propuestas escénicas de enorme poderío visual).
Aunque no resulta menos cierto que parte de la sabiduría de Mendes reside en saber rodearse de un equipo técnico solvente. Y en este caso, no es ajeno al poder de fascinación de la película la partitura de piano de Thomas Newman, el diseño de producción de Dennis Gassner, el montaje de Jill Bilcock y, cómo no, la tarea lumínica del maestro Conrad L. Hall. Y no debemos olvidarnos de las enormes interpretaciones que nos ofrecen Tom Hanks y Paul Newman –todas las secuencias que comparten son memorables-; así como la desafiante composición secundaria de Jude Law, que tras
A.I. (
Artificial Intelligence) vuelve a demostrarnos que no le amilanan las composiciones más
freakies.
Por: Multisanti | Actuales | Comentarios (2) | Referencias (0)