Viernes, 17 de noviembre de 2006

The Departed es el título original de esta alucinante película. Con ella, Scorsese vuelve a demostrar su inmenso talento. Revisita la mafia… y otras muchas cosas. Scorsese nos espera en las pantallas de los cines. No hace falta que diga que ha venido, como casi siempre, para quedarse.
T.o.: The Departed.
Director:
Martin Scorsese.
Guión: William Monahan, basado en una historia de Felix Chong y Siu Fai Mak.
Intérpretes: Leonardo DiCaprio, Matt Damon, Jack Nicholson, Alec Baldwin, Mark Whalberg, Martin Sheen, Vera Farmiga.
Música: Howard Shore.
Género: Drama. EEUU. 2006.
Tras deleitar a los más exigentes paladares del cine documental con aquella introspección, de un sobrio afán historicista no reñido con la emoción, sobre los primeros años de la carrera de Bob Dylan –
No Direction Home, 2005-, Scorsese vuelve a la carga con una película cuya atractiva trama plantea el juego cruzado entre un topo que la policía de Boston logra filtrar en la organización criminal local y otro infiltrado que el capo de aquella organización gangsteril introduce en el susodicho cuerpo de policía. A título preliminar interesa decir que el filme es un
remake de un
thriller dirigido por los hongkoneses Alan Mak y Way Keung Lau (
Infernal Affaires, 2002 –estrenada por estos pagos en DVD con el manoseado título
Juego Sucio). En efecto, la premisa argumental del filme que nos ocupa es idéntica al de aquella estilizada (y muy recomendable) película de Hong-Kong, y no son pocas las secuencias climáticas que derivan –con variaciones/trasposiciones más o menos importantes- del propio texto visual de aquella obra protagonizada por Andy Chan y Tony Leung. Sin embargo, y como no podía ser de otra forma conociendo la idiosincrasia del realizador de
Raging Bull, las diferencias son más que notables. El filme hongkonés es, como he dicho, un
thriller en toda regla, magníficamente escenificado y despachado en ochenta y pico adrenalíticos minutos.
The Departed es otra cosa. Es, pues eso, una película de Martin Scorsese.

Y cuando me refiero a “una película de Martin Scorsese”, ¿a qué me refiero? Efectuemos un análisis inductivo, atendamos a las imágenes, a la esencia que en el cine del neoyorquino siempre se halla enfatizado en pequeños detalles. Por ejemplo: durante el metraje hay una pequeña pero creo que decisiva mención al título original del propio filme,
The Departed (que se podría traducir por “los caídos”, o más bien “los difuntos”). Aparece en los primeros compases del filme, y corresponde a la tarjeta de condolencia que el gángster Frank Costello deposita sobre la tumba de la madre de Billy Costigan (Leo DiCaprio), una estampa religiosa donde se puede leer una plegaria al Altísimo por la gloria eterna
de los Difuntos. No es éste un dato baladí, si atendemos, por un lado, a la idiosincrasia de Costello, y por otro, a los esquinados periplos vitales por los que transitan los protagonistas de esta obra (en especial, Billy Costigan, pero sin excluir al otro infiltrado, o incluso al agente federal Queenan que incorpora Martin Sheen y al propio mefítico mafioso que viste las pieles –de oso esquizofrénico- de Jack Nicholson), sus motivaciones y, sobretodo, su tan poco contestable o matizable desenlace. Al respecto de lo mencionado, limitémonos a escuchar una de las primeras frases de la película, pronunciada en
off por el propio Costello: “nunca he dejado que el entorno condicionara mis actos, prefiero ser yo quien condicione ese entorno”. Otro detalle: en una de las primeras secuencias de la película –introducida con un típico movimiento de cámara
scorsesiano, plano subjetivo de Costello entrando en un establecimiento de comestibles mientras escuchamos el punteo musical del
Gimme Shelter de los Stones-, el gángster regala al niño Colin Sullivan (interpretado por Matt Damon en su edad adulta) una bolsa de comida, en la que se incluyen, entre otras cosas, sendos tetra-bricks de leche; con esa evidencia nos explica el filme los mecanismos de actuación del mafioso irlandés, el subrepticio modo de
llamar a sus filas a los jóvenes del barrio. Saltémonos dieciocho años, y todo el metraje, para acudir al plano final: no lo destriparé, pero sí que diré que Sullivan (Matt Damon) lleva en las manos, en su última aparición en imágenes, una misma bolsa de comida, en la que se encuentran dos tetra-bricks de leche idénticos a los que se nos han mostrado al principio. Esa idea de circularidad –que cobra un sentido viciado, claramente pernicioso al tenor de los acontecimientos que se ciernen sobre los protagonistas- tiene mucho que ver con la estampilla donde se propone una plegaria por “los Difuntos”. Detalle con detalle: en ese último plano del filme se harán evidentes otros dos iconos concluyentes en la película: por un lado, la opulenta cúpula de un edificio público a la que da vistas el piso de alto standing en el que reside Sullivan, cúpula dorada por la que el falso policía siente una marcada obsesión, quizá por su representación de unos ideales de prosperidad (o más bien de poder) sobre los que ha trazado su sino vital; por otro lado, la rata que se pasea sobre la barandilla, ese sucio animal cuyos trazos Costello garabatea en un papel antes de incendiarlo, animal al que incluso imita con una de esas muecas histriónicas a las que Nicholson nos tiene acostumbrados; la rata como símbolo de la vida en las cloacas, del que se mueve en las sombras (el que miente, el infiltrado), y, claro, la alimaña que debe ser eliminada en pos de intereses…higiénicos.
Digamos, pues, a la luz de lo expuesto, que no falta cinismo al discurso de Scorsese, y que en no pocos sentidos
The Departed se erige, mucho más allá del retrato histórico-sociológico, en una terrible representación de los mecanismos por los que transita el poder, los escalones torcidos de su propia jerarquía, pero especialmente los sentimientos y pulsiones más íntimas que manipula en pos de sus inexpugnables intereses. En los términos que el filme propone, el concepto de
thriller se disuelve del mismo modo que el sentido de los antagonismos: no hay en el filme héroes ni villanos, sólo personajes más o menos honestos o podridos, todos ellos sojuzgados por la inercia de un despiadado sistema de vida y valores.

Por otra parte, es evidente que Scorsese regresa con este filme al cine de gángsters, subgénero al que tantos espectadores asociamos no pocos de sus impagables
tour de force visuales. No es extraño, pues, hallar relación entre la presente obra y las ya clásicas
Good Fellas y
Casino, tanto por su temática (epidérmica) como por el parangón en el tratamiento visual de la violencia en determinados compases de las películas citadas, así como otros recursos narrativos que beben mucho de la pericia inmensa de la montadora Thelma Schoonmaker. En mi caso, encuentro muchas diferencias entre las tres películas; ya las hallé en su día entre
Good Fellas y
Casino, pero creo que en esta
tercera (aunque debería decir cuarta, porque
Good Fellas no dejaba de ser una germinación de la que quizá fue su primera obra maestra,
Mean Streets) son aún más acusadas. En primer lugar, el escenario varía en cada caso (NY, Las Vegas, Boston), y con ello la propia enjundia e idiosincrasia de las organizaciones criminales en liza. En lo que concierne a la narración estricta, en
The Departed se repite (felizmente) el cierto afán descriptivo por el pequeño universo que se retrata –una comunidad irlandesa, católica, de Boston-, pero, allende de que aquí nos introduzcamos en el cuerpo de policía con idéntico afán expositivo que el que concierne al mundo del hampa, creo que esas descripciones –especialmente acusadas en la larga presentación, antes de la aparición del título del filme- obedecen a razones más subjetivas –de un afán más psicologista que
behaviourista- que las que afanaban esos maravillosos planos-secuencia y esas imágenes congeladas en las otras dos películas citadas. Ítem aparte, a pesar del gusto por el exceso y la fragmentación deliberada con la que Scorsese empapa de sucio hiperrealismo algunos pasajes del filme, los movimientos de cámara son a la postre en
The Departed más contenidos, e incluso nos hallamos con secuencias fundamentales narradas mediante el recurso al más sobrio plano fijo (e incluso, sin fondo musical: diversos momentos de soledad de Sullivan, y, cómo no, el tiroteo cruzado en el ascensor).
En cualquier caso, comparaciones o meditaciones temáticas aparte, quizá conviene resaltar que
The Departed es, eminentemente, un auténtico festín para cualquier aficionado al lenguaje cinematográfico, una película en la que Scorsese alcanza un acrobático, virtuosísimo equilibrio entre el fondo y la forma. Sus citadas improntas de estilo bullen y se funden en todo caso en un tratamiento denso, sincero y doliente de los personajes. A pesar de la exuberancia estilística, no hay efectismo en el cine de Scorsese en general y en esta obra en particular. Y ése es el meollo de la cuestión, ésa es la razón que le convierte en uno de los más grandes cineastas que las últimas décadas nos ha dejado el cine. Aunque diseccionar la película sería tarea harto extensa –por no hablar de que me resulta imposible abrazar toda la sabiduría que el filme pone en imágenes (y sonido)- me gustaría detenerme en un pequeño fragmento del filme, que deja a las claras el inmenso talento, la genialidad absoluta de Scorsese en el despacho cinematográfico de las historias que narra: me refiero al montaje paralelo previo a la rotulación del título del filme, donde se narra de forma cruzada las sendas opuestas que van a concernir al chico listo convertido en policía de expediente inmaculado, Collin Sullivan (Damon), y al
self-made man que lucha por su integridad y se descubre fatalmente marcado por el fuego de su estirpe relacionada con el submundo, Billy Costigan (DiCaprio). Canalizando esa relación mediante el encuentro –consecutivo- de ambos personajes con el inspector-jefe Queenan, la película va deshojando, con rápidos y ágiles trazos, el
statu quo de uno y otro personajes, y esa métrica que les relaciona funciona a la perfección, la información que nos va suministrando está magníficamente equilibrada en los dos lados del espejo, aunque para hacerlo haga falta renunciar a la continuidad temporal: en el caso de Sullivan, personaje de una pieza, los pequeños
sketches miran hacia delante, hacia el progreso profesional del mafioso infiltrado: la fácil reunión con Queenan, la envidia que despierta en sus compañeros de promoción, la fijación con la cúpula dorada, la adquisición del piso; por contra, en el caso de Costigan, que es eminentemente un personaje atormentado por sus raices, es obligatorio balancear la actualidad con pequeños pero reveladores
flash-backs: mientras el ayudante de Queenan convierte la reunión en un auténtico infierno –le somete a un tercer grado-, le vemos acompañar a su madre en su lecho de muerte y asistir solo a su funeral, así como enfrentarse con su despótico tío, y, ya por fin, cumplir los designios del cuerpo policial para iniciar su tortuoso camino nada menos que en la cárcel.

Y no podemos terminar la reseña de una película como ésta sin hacer mención al apartado actoral, una auténtica sinfonía interpretativa a la que Scorsese obliga a rugir. De Jack Nicholson, que está soberbio, decir que es uno de los pocos casos en los que el papel le obliga a rizar el rizo de su histrionismo natural (normalmente, sucede al revés). DiCaprio carga a la perfección con el peso de su personaje, recordándonos que, a salvo ciertas tonterías de su periodo
titaniquero, es uno de los actores más solventes del panorama actual, capaz de salvar la sobreactuación en las situaciones más impensables. Por su parte, los secundarios Martin Sheen, Alec Baldwin y Ray Winstone –incluso Mark Whalberg, ¿quién lo iba a decir?- aportan un valioso grano de arena con sus interpretaciones secundarias. Y el caso más interesante, para mí, es el de Matt Damon: acostumbrados como estamos a que siempre haga de Will Hunting –en aquella película, así como en la saga-Bourne, en
The Rainmaker, en
Saving Private Ryan, en
Rounders, en
The Legend of Bagger Vance, en …-, es harto gratificante comprobar cómo el actor en esta ocasión se
infiltra interpretativamente en esa imagen de niño bueno para rendir las mejores cuentas de un personaje abrazado al abismo.
Y una última mención. En esta película de hombres en que indudablemente se erige
The Departed, resulta muy interesante atender al tratamiento y sentido del único personaje femenino (que, por cierto, introduce una mejora argumental evidente con respecto al filme hongkonés). La psiquiatra Madolyn (bien interpretada por Vera Farmiga) actúa como engarce emocional entre los dos protagonistas, como catalizadora de la neta oposición existente entre ambos, plausible en la imposible ecuación de sus preferencias sentimentales, en las que optará erróneamente por la senda fácil hasta que sea demasiado tarde, hasta que descubra al fin la calaña del hombre que (supuestamente) ha concebido al niño que lleva en sus entrañas. Le abandonará definitivamente a la salida del cementerio en un plano-homenaje (calcado al cierre) del clásico de Carol Reed
The Third Man.
Por: Multisanti | Actuales | Comentarios (2) | Referencias (0)